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¿Por qué da un infarto cerebral y quién tiene mayor riesgo?

Autor: Giovana Fermat Roldán

¿Por qué da un infarto cerebral y quién tiene mayor riesgo?

Un infarto cerebral, también llamado accidente cerebrovascular isquémico, ocurre cuando la sangre deja de llegar a una zona del encéfalo porque un vaso se tapa. La obstrucción se forma in situ —trombosis sobre una placa de grasa— o llega desde el corazón como embolia cerebral arrastrada por el torrente sanguíneo. En menos de cinco minutos las neuronas privadas de oxígeno empiezan a morir; el daño se vuelve irreversible en menos de una hora. De ahí la urgencia de prevenir el evento y actuar de inmediato ante los primeros síntomas.

Factores que predisponen a un infarto cerebral

La mayoría de los accidentes vasculares no son golpes “caídos del cielo”, sino la culminación de procesos silenciosos que se gestan durante años. Los estudios poblacionales han identificado una docena de factores que explican casi el 90 % de los ictus. Conocerlos es el primer paso para reducir el riesgo de presentar uno.

  • Hipertensión arterial sostenida que maltrata el endotelio (la capa interna de las arterias) y favorece la formación de placas.
  • Diabetes mellitus, promotora de inflamación vascular y rigidez arterial.
  • Aterosclerosis acelerada por colesterol alto, dieta rica en grasas trans y baja en fibra.
  • Fibrilación auricular y otras arritmias que generan coágulos en el corazón que después son lanzados a la circulación y terminan en el cerebro.
  • Tabaquismo, capaz de duplicar el riesgo por daño oxidativo y aumento de la agregación plaquetaria.
  • Sedentarismo y obesidad, que elevan la presión y empeoran el perfil de lípidos.
  • Edad superior a 55 años, porque la elasticidad de los vasos disminuye.
  • Antecedentes familiares de ictus precoz, indicio de predisposición genética.
  • Consumo crónico de alcohol en grandes cantidades y dietas altas en sal.

Quien acumula cuatro o más factores puede llevar años gestando un ictus sin sentir nada fuera de lo normal.

¿Por qué algunos no presentan síntomas hasta el evento?

El cerebro no percibe dolor en su tejido interno. Las placas de aterosclerosis se engrosan sin avisar, y la hipertensión arterial rara vez causa molestias hasta límites muy altos. Cuando la obstrucción arterial llega al 70 %, el flujo empieza a fallar, pero el organismo abre rutas colaterales que compensan la carencia del flujo de sangre. El resultado es que muchos viven con obstrucciones graves sin notar mareos ni síntomas silenciosos; la primera señal puede ser el infarto masivo.

Señales de alarma que no se deben pasar por alto

Un coágulo pequeño o inestable puede tapar y destapar una arteria en cuestión de minutos, provocando un ataque isquémico transitorio. Esa mini-alarma se manifiesta como hormigueo, debilidad súbita de un brazo, pérdida parcial de la vista o dificultad para hablar que desaparece al cabo de un cuarto de hora. Tomarla a la ligera es peligroso: uno de cada diez pacientes con ataque isquémico transitorio sufre un infarto verdadero en los siguientes tres meses, la mitad de ellos dentro de las primeras 48 horas.

Estrategias de prevención primaria

Controlar los factores de riesgo no es sólo cuestión de voluntad; requiere un plan supervisado:

  1. Medir la presión cada seis meses y mantenerla por debajo de 130/80 mmHg; ajustando medicamentos antihipertensivos según necesidad bajo supervisión médica.
  2. Registrar la glucemia en ayuno y la hemoglobina glucosilada; la diabetes mellitus exige dieta, ejercicio y, si corresponde, medicamentos orales o insulina.
  3. Reducir el consumo de sal, embutidos y bollería; aumentar verduras, legumbres y pescados ricos en omega-3 para frenar la aterosclerosis.
  4. Abandonar el cigarro de forma definitiva: los beneficios se notan en la elasticidad vascular a los tres meses.
  5. Realizar actividad aeróbica moderada 150 minutos a la semana para combatir sedentarismo y obesidad.
  6. Detectar y tratar la fibrilación auricular con anticoagulantes que reducen cinco veces el riesgo de ictus cardioembólico.

Un estilo de vida cardiosaludable puede prevenir hasta el 80 % de los accidentes isquémicos, incluso en personas con antecedentes familiares.

Herramientas para el diagnóstico temprano

Cuando los factores de riesgo están presentes, el médico solicita ecografía Doppler de carótidas, prueba que mide el grosor del complejo íntima-media y la velocidad del flujo. Una puntuación elevada alerta sobre placas inestables. La electrocardiografía Holter de 24 horas descubre paroxismos de fibrilación auricular que escapan al electrocardiograma simple. El control de lípidos y hemoglobina glucosilada sirve de guía para ajustar tratamientos. Esta vigilancia anticipada permite intervenir antes de que se forme el coágulo fatal.

Consecuencias y rehabilitación si se produce el evento

Aun con prevención, algunos infartos aparecerán. La clave es llegar al hospital durante el “periodo de ventana” de 4 horas y media para trombólisis, o 6 horas para trombectomía mecánica para poder eliminar el coágulo de forma aguda. Cada minuto ahorra millones de neuronas. Tras la fase aguda, la neurorehabilitación intensiva —fisioterapia, terapia ocupacional y logopedia— aprovecha la plasticidad cerebral de los primeros tres meses. Los objetivos son recobrar fuerza, lenguaje y autonomía. El pronóstico funcional mejora cuando la presión, la glucosa y la anticoagulación se mantienen bajo control a largo plazo.

Un infarto cerebral no es un evento aleatorio; se va desarrollando de forma silenciosa en la confluencia de hipertensión arterial, diabetes, tabaquismo, colesterol alto y arritmias no tratadas. Saber quién acumula esos factores, medirlos y corregirlos con disciplina es la estrategia más poderosa para que el ictus nunca llegue. Si aparece la mínima señal —visión borrosa, palabra trabada, mano débil— la reacción inmediata de llamar a emergencias puede ser la diferencia entre la recuperación y la dependencia.